Enclavado en el corazón del Barrio Oeste, el más extenso, con mucha historia y fuertes lazos de pertenencia, había hace 43 años, un rinconcito donde transcurría lo que vamos a relatar. Es la esquina de San Martín y Avellaneda. En la década del 70, los hijos de la generación recién afincada y más los nietos de la antigua, no sólo eran la nueva cara del barrio, sino que por su número constituían legión y por su entusiasmo, algo imparable.

Esos niños en 1977, muy solitos habían formado su murga infantil. Al principio, salvo algunas madres, como Lucy Keller, no les llevaban mucho el apunte; eran simplemente “la murguita de los gurises” que a nadie molestaba, pese al ruido que hacían. Pero en dos semanas, al par que crecía su entusiasmo, las caras de los mayores empezaban a ponerse serias. ¿Que ocurría? Que cada día se incorporaban nuevos integrantes y ya llegaban a 40. Pero otros ingredientes se sumaron, para que aquellos chicos hoy sean historia.

Dotados de condiciones sorprendentes, como un oído musical poco común y sin aprendizaje ni ayuda, ejecutaban su ritmo con latas de dulce de batata y algunos utensilios de cocina, de un modo que empezó a llamar la atención por su ritmo, pese a lo precario de los instrumentos. Así, muchos vecinos salían a la vereda, al pasar los batuqueros. Una noche, la murga se sintió tan segura, que prosiguió su paso y produjo en el barrio un serio desbarajuste: avanzaron hasta la 25, interfiriendo el único ingreso a la ciudad, cosechando aplausos en la nueva cuadra que incorporaba a “su circuito”.

Lo que en principio había empezado como un juego, se había convertido en algo serio y los mismos padres que antes no les prestaban mayor atención, resolvieron hacer algo para encauzarlos. Se reunieron en la casa de Rosbel Ríos: Mirta Rodríguez de Larrivey, María Rosa Arakaki y la esposa de “Garabito” Lepre. Luego se integraron, Graciela Ríos, Griselda Suárez Marcelino Amarillo y Tita Bruzzoni.

Ese año -1977- Juventud Unida, realizaba un corso barrial con baile, llamado Carnaval de la Risa”. No le faltaban antecedentes a la vieja institución: ya en 1968, 69 y 70, por delegación municipal realizaba el carnaval de calle 25. También el “Corso de Flores” en Plaza Urquiza, con “cambios de ramitos”, todo al igual que los de antaño.

Y bien: los padres resolvieron inscribirlos en el club como “murga infantil” y comenzaron los preparativos. Aclaremos que en su origen, Papelitos del Oeste no pertenecía a Juventud Unida y su vinculación definitiva se produce después.

La parte musical quedó a cargo de Don Marcelino Amarillo, con muchos años en la banda del 3 de Caballería. Amarillo aportó un bombo y algunos redoblantes, pero como eran insuficientes, para el resto hubo que darse maña: atravesando las latas de dulce con alambres a modo de vibradores, Rosbel Ríos mejoró el invento de los chicos, agregando así unos cuantos redoblantes truchos, que bien pintados, se mezclaban con los verdaderos. Para la vestimenta, tuvieron la ingeniosa idea de agregar a los vaqueros recortados, tiras de papel crepé de colores fucsia y azul a modo de flecos. También, una especie de charreteras del mismo material y redondeles que aplicaban a los zapatos con cintas doradas y plateadas. Los trajes eran casi todos de payaso porque ese era el tema: “Hola Hola Payasitos”, e insumía cada uno, tres hojas de papel.

Los tocados se armaban con plumerillo de campo. Con ellos hizo sus primeras armas uno de los mejores espaldaristas del carnaval: Roberto Arakaki. Pese a lo precario de los elementos, los conjuntos resultaban muy vistosos. Muchos acercaban a tocarlos, porque no creían que fueran de papel.

POR QUÉ SE LLAMÓ “PAPELITOS”

Cada uno se hacía su traje, pero para afrontar otros costos, el barrio entero colaboraba, dado el enorme afecto que se habían ganado aquellos niños. Llegaba el día de la participación y había que ponerle un nombre a la murguita. Mirta Larrivey, viéndolos vestidos en uno de los ensayos exclamó: “¡pero si ustedes son unos papelitos!” Allí empezó a surgir el nombre; sin embargo, las opiniones no eran unánimes. Algunos querían incluir al barrio; finalmente llegaron una transacción salomónica: “Papelitos…¡del Oeste!”

La Reina era la más joven que ha tenido nuestro carnaval: la niñita Candela Larrivey de sólo ¡un año y medio! y a ese papel volvió 17 años después.

Bastonera y primera pasista, fue Lucrecia Giacopuzzi Aagard y también participaron: Fernanda Ríos, Flavio Arakaki; Alicia Sánchez, Rosana Vela, Jacobi y Alejandra Lepre, Javier Lapalma; Edith y Sigrid Kunath Keller, los hermanos Yan Suárez, Orlando Amarillo, Elena Bruzzoni, Anita Giusto, Osvaldo J. Sosa, Flavia Ríos, Carlitos Godoy ,María de los Angeles Faué , Ezequiel Villanueva Puccio, Hugo Mendoza, Fabián Guerin, Joselo Basín, Gustavo Ocampo, Alberto Ríos, Paqui Lepre, Sergio Muller, Diana Ríos, Araceli y Javier Accinelli, Juanita Buschiazzo y Mario Bruzzoni.

No faltan las anécdotas. Mientras desfilaban, un desubicado se quiso propasar. Lucy Keller, que como mujer policía tenía preparación en defensa personal, le cayó encima y antes de que se diera cuenta, lo acostó. El hombre no quiso más y los que presenciaban, menos.

Cuando eso trascendió, todos razonaban: “si estas son las mujeres, ¿como serán los varones?” Nadie más se atrevió a molestar a los Papelitos.

La pequeña murga no sólo ganó en el Carnaval de la Risa, con cuyo premio pudieron comprar redoblantes auténticos, sino que al otro día eran noticia en todo Gualeguaychú. A tal punto, que se acercó a ellos, una persona en representación de FIPPYL, (Fiesta de la Pesca del Pejerrey) organizadora de los corsos en Av. Luis N. Palma, para invitarlos a participar en el corso oficial. Esa persona, incansable trabajadora de Fippyl, Turismo, Carrozas, Corsos y de varias instituciones, se convirtió, años después, en una de las más fervientes trabajadoras que cimentaron la grandeza de Papelitos: Estela Samacoits de Maradey.

Aceptaron el desafío, pese a lo dificultoso de la misión: había que competir en la categoría infantil, nada menos que con la célebre “Acoracita”, de la que ya hemos hablado.

Y ganaron. Al otro día, todo el Barrio Oeste estaba de fiesta. Con ello, quedaba el camino abierto para nuevas conquistas, que indudablemente vinieron y ello ayuda a explicarse porqué Papelitos en pocos años, se hacía famosa en el país: cuatro años después, tenía 221 integrantes. Sobre todo, a partir de 1979 cuando se incorpora, como comparsa de mayores, al Club Juventud Unida.